Por Lic. Ana Laura Ottobre Aichino y Lic. Iriana Sartor

En Córdoba se produce un fenómeno que escapa a algunos de los criterios del sistema capitalista en primera instancia. Mientras que el mercado impulsa lógicas de competencia, hay mujeres emprendedoras que construyen redes interpersonales de cooperación como respuesta a los perjuicios de la crisis económica actual, pero más que nada a los constreñimientos de un contexto laboral patriarcal que atenta históricamente contra el bienestar económico y los derechos de las mujeres.

A partir de una serie de entrevistas realizadas entre marzo y abril del 2021 a emprendedoras cordobesas, surgió la noción de su pertenencia a dichas redes, haciendo alusión a los vínculos que han construido entre emprendimientos que comercializan productos similares o no, que comparten no solo clientela similar, sino valores y propósitos sociales afines.

Nuestras entrevistadas son emprendedoras sociales, es decir que sus proyectos, además de producir valor económico, pretenden generar valor social. De esta manera, buscan promover con sus productos una o varias luchas sociales: la conciencia ecológica creando accesorios con materiales reciclados y veganos, la liberación de les cuerpes haciendo lencería que abarca una ámplia gama de talles, la visibilización de la identidad LGBTIQ+ bordando gorras que dicen “marika”, la generación de conciencia de género vendiendo libros feministas a precios accesibles, entre otros. La preocupación por generar este tipo de proyectos ya indica que la perspectiva desde la cual buscan trabajar escapa en gran medida a las lógicas hegemónicas del capitalismo, porque transformar sus emprendimientos en un territorio de lucha es revolucionario.

La mayoría de las emprendedoras describieron al mercado laboral como “hostil” y resaltan la enorme dificultad que tienen para conseguir trabajo tanto formal como informal. Tengamos en cuenta que la tasa de empleo de las mujeres es del 35% comparada con la de varones que es del 50,6%[1] (2020), que existen problemáticas dentro de aquel mundo como el “techo de cristal” y los “pisos pegajosos” (que impiden la llegada de mujeres a puestos jerárquicos de poder y las estanca en puestos de menor calificación), la discriminación y la brecha salarial por género, la precarización laboral, entre otros múltiples obstáculos. Sumado a esto, las tareas de cuidado siguen distribuidas de manera inequitativa, por lo que el 76% de las mismas es absorbida por las mujeres[2] (2019). Esto implica una doble jornada laboral para la mayoría, se ficha la salida del trabajo remunerado para fichar la entrada en el trabajo invisibilizado.

Acorde a los datos del Observatorio Emprendedor de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Córdoba, el 64% de su muestra de emprendedores está conformada por mujeres, donde la mayoría de ellas no están formalizadas o son monotributistas[3] (2019). Es probable que al día de hoy, debido a la crisis económica consecuente a la pandemia, ese porcentaje haya aumentado. No obstante, el mundo emprendedor es un espacio que se encuentra ampliamente dominado por la lógica masculina. La caracterización de la figura ideal del “emprendedor” posee rasgos que responden al estereotipo histórico masculino: asunción de riesgos, proactividad, audacia y ambición. Los varones se sienten más cómodos y ciertamente, cuentan con más ventajas para obtener un capital inicial, obtener financiamientos e inversiones, acceder a la información y oportunidades, lo que en resumen permite que sus emprendimientos escalen más rápidamente.

Esto coloca a las mujeres en una situación de desventaja en el ámbito emprendedor. “Los hombres se sienten mucho más seguros entre sus pares, cuando hablo de inversores: 9 de cada 10 son varones y 1 puede ser una mujer” sostuvo una de las entrevistadas en relación a la dificultad que encuentra para conseguir inversión en la Ciudad de Córdoba. Esta dificultad no solo es marcada por la mayor comodidad y seguridad de los varones, sino que varias emprendedoras han sostenido que durante las reuniones, sus propuestas de negocios eran replicadas con incitaciones de carácter sexual por parte del posible inversor, agregando que al marcar los límites profesionales existe una mala respuesta de la otra parte, cancelando cualquier posibilidad de financiamiento de parte de esa persona.

Otras experiencias mencionadas fueron la exclusión de las mujeres en los eventos de emprendedurismo o la invitación con el mero propósito de conseguir aquella fotografía que demuestre “la inclusión”. Se suman además relatos sobre varones que subestiman emprendimientos de las entrevistadas o cuya clientela masculina aumentó cuando se sumó un varón al negocio.

¿Cómo surgen entonces estas redes? Por el sentimiento de la “empatía” o de “ayuda mutua”, como lo describen las entrevistadas, al encontrarse todas ellas en situaciones similares a las de sus pares, en búsqueda de la autosolvencia y supervivencia dentro de un sistema que busca excluirlas de la economía. El camino de la competencia es solitario y lleno de obstáculos, que se multiplican aún más cuando quien lo transita es una mujer o una disidencia. La creación de estas redes sirven para la contención, apoyo, acompañamiento, consulta, como así también aporta y retroalimenta el círculo de la economía de las mujeres.

Ayelén Perrotta, dueña de la librería Simoneras en la Ciudad de Córdoba afirma “siempre estoy en contacto con otras compañeras libreras, donde no importa si trabajamos el mismo libro, podemos consultarnos entre nosotras y va a estar bien porque estamos en la misma. Todas manejamos las mismas ideas y compartimos los mismos valores”.

A este tipo de relaciones las describen como algo que escapa a la lógica capitalista en cierta forma, porque si bien siguen pretendiendo sobrevivir dentro de este sistema, no lo hacen desde la clásica perspectiva de la competencia, lo efectúan transformando esta complicidad en resistencia. “Trabajar de manera emprendedora es y no es responder al capitalismo. Es porque estamos trabajando y siendo parte de una rueda que gira y que sigue aportando a estas economías del demonio. Pero, por otro lado, también no es, porque la propuesta del trabajo no es exactamente igual, me preocupo mucho por la auto-explotación y tratar siempre de estar en contacto con emprendimientos cercanos para retroalimentarnos y no competir”.

Según ellas, las ventajas de construir y participar en esta lógica son muchas, siendo la primera la misma creación y el mantenimiento en el tiempo de dichos vínculos. Esta lógica de trabajo mancomunado les ha permitido dar cuenta del valor del trabajo en conjunto, transformando la idea generalizada de que las demás mujeres son competencia, al encontrar el poder real que tiene la sororidad, la trascendencia del apoyo entre mujeres y la fuerza de las alianzas feministas y un poco menos capitalistas.

Otra de las ventajas de pertenecer a este tipo de redes es la intercomunicación que les permite allanar algunos de los obstáculos cotidianos del emprendedurismo. Esta red no solo sirve para llegar a un mayor público con sus marcas, sino que les aliviana la carga de manejar un emprendimiento, en su mayoría unipersonales. Las redes con otras emprendedoras justamente les permite realizar tareas que les son comunes a todas, de manera conjunta y organizada para que no tenga que realizar cada una de ellas una sola persona.

Las consultas sobre precios, contactos, clientela, materia prima, contexto laboral y demás preocupaciones que se encuentran presentes en la mente de las emprendedoras, sirven como contención y con este procedimiento, ellas están revolucionando la idea de que compartir sus saberes y experiencias con otras emprendedoras es una muestra de debilidad. Bethania Ávalos del emprendimiento de indumentaria de diseño Avepez sostiene “es aprender a crecer en comunidad y todo eso cambia mucho el paradigma de la competencia, de ‘yo tengo que ganarle a todes les que están alrededor’. Si podemos ir para el otro lado, mucho mejor”.

La construcción de estas redes como forma de resistencia ante la violencia del capitalismo está directamente relacionada con las personas que las conforman, no es casualidad que las mujeres hayan elegido esta forma de trabajar en un mundo controlado por varones cis heteropatriarcales de clases sociales privilegiadas. De esta manera, invitamos a reflexionar sobre esta problemática desde la perspectiva económica feminista, que se aparta de la corriente económica de pensamiento neoclásica y pone el foco de atención ya no en el funcionamiento de los mercados, sino en “la necesidad de incorporar las relaciones de género como una variable relevante en la explicación del funcionamiento de la economía, y de la diferente posición de los varones, las mujeres y disidencias como agentes de la economía y sujetxs de las políticas económicas”[4].

  1. https://economiafeminita.com/los-numeros-de-la-pandemia/
  2. https://economiafeminita.com/eso-que-llaman-amor-es-trabajo-no-pago-2/
  3. https://www.ucc.edu.ar/seguimiento-medios/mujeres_emprendedoras_el_desaf%C3%ADo_de_pensar_en_grande-7661.html
  4. https://nuso.org/articulo/economia-feminista-y-economia-del-cuidado-aportes-conceptuales-para-el-estudio-de-la-desigualdad/