¿Sabés quién hace tu ropa? ¿Conocés los ingredientes que tienen tus alimentos? ¿Sabés quiénes participan en la producción de las cosas que comprás? Si alguna vez cuestionaste tu manera de consumir, este artículo puede ser de tu interés. Entrevistamos a un grupo de emprendedoras cordobesas, que forman parte de la feria «Feministas Trabajando«, y nos introdujeron en la noción del consumo consciente o responsable.

Esta idea implica tener en cuenta, además de las variables precio y calidad:

 

  • El consumo ético: es un hecho consciente, premeditado, que permite no dejarse llevar por la presión de la publicidad, las modas impuestas y priorizar valores como la responsabilidad y la austeridad como alternativa al despilfarro y el consumismo.

 

  • El consumo social o solidario: se preocupa por el respeto de los Derechos Humanos y laborales de las/los trabajadoras/es durante la producción de los artículos que consumimos. También posibilita la toma de conciencia sobre el consumo a los pequeños comercios o emprendimientos cercanos y así ayudar a la economía local.

 

  • El consumo ecológico: por un lado, busca reducir el consumo innecesario, lo que contribuye a la no generación de basura y por otro lado, fomenta la compra de productos que sean amigables con el medio ambiente, con el propósito de solidarizarnos con nuestra generación y la futura. Además, promueve un estilo de vida basado en hábitos alimenticios sanos y equilibrados.

 

Es una constante que luego de cada crisis económica, incrementa el interés general por la cuestión del consumo. Esto se vuelve a presentar hoy con la pandemia mundial de COVID-19 como una problemática importante para  las personas que consumen en la provincia de Córdoba y en todo el país. 

 

Si bien las principales consecuencias de la pandemia fueron negativas, muchas personas comenzaron a cuestionar sus hábitos de compra desde la conciencia medioambiental. Lo que en gran parte gatilló esta reflexión fue la mejora de la calidad del aire o la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) durante los primeros meses de cuarentena, donde se visibilizó fuertemente el impacto del ser humano en el planeta. Pero estas mejoras fueron solo temporales, porque se derivan de una aguda desaceleración económica y un trágico sufrimiento humano.

 

Otro detonante fue el ver cómo la crisis económica perjudicó a gran parte de la población en Argentina, en especial a aquella que administraba pequeños negocios. Esta fue la semilla que se plantó en la consciencia de muchas personas y les permitió darse cuenta que el acto de consumir no es un hecho aislado de la manera en la que está elaborado dicho producto, ni tampoco de las consecuencias posteriores que tiene comprar determinados artículos a un comercio concreto.

Por ejemplo, no es lo mismo comprar un pan en un supermercado perteneciente a una cadena, que adquirirlo de una vendedora independiente que sobrevive gracias a un emprendimiento de panificación.

 

Este es el caso de Milagros Ludueña, de la Panificación Milrubi en la ciudad de Córdoba, que afirma “no es solamente ir y comprar algo, sino también hay una parte de responsabilidad y compromiso en todo eso”. Ella opina que es importante que los ciudadanos “fomentemos o colaboremos, tengamos un compromiso con la economía local, los pequeños productores, los pequeños comerciantes que realmente la están pasando mal”

Como muchas otras de las emprendedoras entrevistadas, Milagros contó sobre los cambios que está generando dentro de su marca, como el packaging o sus insumos de producción, que reemplaza por unos más amigables con el medio ambiente. 

 

Un emprendimiento también  comprometido con la ecología es Era Complementos, de Candela Jauregui, radicada en la ciudad de Villa Carlos Paz. “Siempre trato de que mi marca tenga desecho cero, que todo sea en base al reciclaje, ya sea la materia prima o las bolsas. Ahora incorporé bolsas que se desintegran cuando las tirás, están hechas con almidón y las etiquetas son plantables”.

“Hay veces que a mí me sobran retazos y se los doy a otras chicas que hacen cosas más pequeñas, entonces es un círculo de reciclaje, trato que sea 100%”, agrega. Candela también nos cuenta sobre su proceso de fabricación: “son producciones muy chicas, 20 o 30 productos por mes, que si yo quisiera podría hacer más, pero sería como faltar a mi ética, porque no es fácil conseguir telas y productos. Lleva un proceso el reciclaje, entonces sería como que le estaría mintiendo a la gente, porque debería ir a comprar telas si quisiera hacer más”.  A través de lo que cuenta se puede percibir el compromiso de esta emprendedora con el propósito de que su marca de accesorios de uso cotidiano sea ecológica, reciclable y vegana”

 

El consumo ético es uno de los propósitos mencionados por las emprendedoras entrevistadas, como Bethania Ávalos, de Córdoba Capital que creó junto con su hermana, el emprendimiento Avepez. Nos pasó algo siempre que es que la gente que nos compra, toma la prenda como si fuera un ser y le dicen ‘mi Avepez me acompañó a tal lado’ (…) A mí me encanta que se haya dado, creo que no fue casualidad porque también contribuye a esta cuestión de que la moda no sea descartable, no es que me compro, lo uso, lo tiro. Se genera un vínculo con la prenda que no solamente es afectivo, sino que también es responsable por no contribuir a tanta basura, tanto descarte. Ser más consciente en qué consumimos.

Su marca de indumentaria de diseño tiene la impronta del slow fashion, donde cada prenda es diseñada y confeccionada en su debido tiempo y forma; por su calidad, están destinadas a durar en el tiempo y por supuesto, hay una mayor conciencia por el medio ambiente y las condiciones de trabajo humano. 

Con respecto al consumo social, Silvia Vega dueña del emprendimiento Trufa Dolls en Córdoba Capital nos comenta que para su proceso de producción busca ONG o fundaciones y así poder darle una oportunidad laboral a quien la necesite. “Es pensado así, desde ese lado, mujeres que ayudan a mujeres. Y en ese camino encontré una fundación que se llama Las Omas, con la que  vengo trabajando desde hace 3 años más o menos”. Esta fundación ofrece  contención y ayuda para conseguir trabajo a mujeres en situación de vulnerabilidad socioeconómica y víctimas de violencia de género. Otro de los objetivos de Trufa Dolls es concientizar a las familias sobre el uso del plástico en los juguetes de los niños y las niñas, apostando a otras formas de juego donde se pueda generar un vínculo más afectivo con el juguete, que no contribuya al descarte. A su vez, esto da mayor espacio a la imaginación y creatividad del infante.

Así como Silvia de Trufa Dolls, todas las mujeres entrevistadas demostraron tener una visión que busca incluir las condiciones de producción, comercialización y consumo de sus productos, impulsando con sus emprendimientos esta noción del consumo responsable, que se popularizó en el contexto actual de pandemia y desequilibrio económico. 

 

Las crisis ambientales, sociales y económicas nos han hecho reflexionar sobre el impacto que nuestras acciones cotidianas tienen en el entorno. Pero todavía nos falta un largo camino por recorrer como sociedad. Según una encuesta mundial de Accenture en el 2020, el 50% del público que consume manifiesta no saber qué marcas son éticas y/o sustentables y cuáles no; además el 33% desconoce qué artículos pueden ser destinados al reciclaje. Sin embargo, la misma encuesta demostró que el 65% de quienes consumen opinan que el gobierno debería crear legislación para fomentar el consumo consciente, como por ejemplo: cobrar las bolsas de plástico.

 

Entonces ¿qué podemos hacer? Cuestionar los hábitos de consumo es un buen comienzo, pero tiene que verse reflejado en nuestras acciones para que éstas impacten y generen un cambio:

 

  • Ayudar a la economía local: elegir comprar los productos a quienes emprenden localmente, ya que pueden tener los mismos productos de las grandes cadenas comerciales a un precio más accesible. Algunas de las emprendedoras entrevistadas sostuvieron que mantienen precios “populares” con el objetivo de llevar a cabo un comercio justo.

 

  • Cambiar hábitos cotidianos: por acciones más amigables al medio ambiente, como por ejemplo: usar bolsas de tela para hacer las compras, reducir los descartes de plástico y separar los residuos. 

 

 

  • Buscar información sobre la cadena de producción de lo que se consume: informarse ayuda a ejercer una ciudadanía más activa en la economía local y para cambiar la realidad. También es muy importante que compartas tus nuevos conocimientos y hábitos con las personas que te rodean para contagiar consciencia social.

*Escrito por Lic. Iriana Sartor y Lic. Ana Laura Ottobre Aichino.

 

* Este material se ha elaborado en el marco del proyecto «El emprendedurismo en mujeres como herramienta para afrontar la desigualdad de género en el mercado laboral local», que ha recibido financiación de la Secretaría de Proyección y Responsabilidad Social Universitaria (RSU) 2020-2021 de la Universidad Católica de Córdoba, coordinado por la Dra. María Inés Landa y el Dr. Hugo Rabbia.

 

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