La maternidad como experiencia y práctica cultural sigue siendo un interesante campo de disputas dentro y para los feminismos. En esta nota reflexionamos en torno a algunas de las tensiones y torsiones a los que estos activismos deben enfrentarse en un presente de precarización neoliberal que atraviesa de manera particular a maternidades e infancias. 

“La maternidad será deseada o no será” se ha convertido en uno de los mantras contemporáneos para una juventud autodefinida como feminista. Repetido en marchas, redes sociales y campañas varias, esconde la promesa de una maternidad libremente elegida y autoempoderante, al mismo tiempo que habilita redefinir el deseo como coartada seductora de un placer individual. En paralelo, y como una respuesta a esta ficcionalización de la maternidad supuestamente libre, diferentes voces activistas, también autodefinidas como “feministas”, han empezado a cuestionar la vacuidad de esta consigna. La maternidad no deseada existe. ES, leemos en un posteo del 29 de septiembre de una de las páginas activistas con más seguidorxs dentro de Facebook e Instagram (“Des-madre”, en la primera red; “@obscenaeslaviolencia” en la segunda): las madres y niñeces ya somos un hecho. EXISTIMOS, continúa.

Y es que en la repetición iterativa de dicho mantra, vamos desprendiéndolo de todo el contenido sociohistórico, cultural y económico que ubica a la maternidad –como experiencia y como práctica, como sustantivo y como verbo- en ese complejo lugar en el que todo es válido y nada se valora.

Es válido y hasta esperable que una mujer, un varón trans, una persona no binaria e intersex quieran ser y sean madres. Pero no se valora que dichas maternidades desarrollen sus capacidades  y cualidades fuera del mercado laboral, aportando otros valores (reconocimiento de nuestra vulnerabilidad constitutiva, ayuda mutua, redes de soporte material y sostén afectivo, inclinación hacia un otrx, cuidado del otrx, atención a los procesos) que los socialmente establecidos (autosuperación, autoexigencia, autoresponsabilidad, exitismo, rendimiento, eficiencia, polifuncionalidad, flexibilidad, felicidad fugaz, juventud, belleza “natural”, plenitud y resiliencia). Esta contradicción ha derivado en la proliferación de subjetividades maternas emprendedoras, las cuales intentan hacer frente a la falacia de una conciliación entre su nuevo trabajo de reproducción y sostenimiento de la vida y el trabajo productivo, asumiendo el emprendimiento (de sí) como estilo de vida laboral y, en algunos casos también, personal.

La cultura del emprendimiento (de sí) no solo se configura en el imaginario y en la práctica como una herramienta para hacer frente a las múltiples precariedades que las madres -principales garantes de la subsistencia económica de sus hijxs y de la propia, en especial en los crecientes hogares monomarentales- han de gestionar en su día a día; sino que, además, se transmite, afianza y disemina, como ideal, en y a través de los medios masivos de comunicación y las plataformas digitales.

Si bien los ejemplos para ilustrar a lo que referimos son múltiples y variados, en especial dentro de la producción anglosajona y, más específicamente, norteamericana, aquí quisiéramos detenernos en una producción de Netflix en particular: en primer lugar, por su reciente popularidad entre el público argentino; en segundo lugar, porque la misma puede leerse al calor del festejo del día de la madre en nuestro país, celebrado el pasado domingo 17 de octubre.

En los últimos días, asistimos a comentarios en redes sociales (Facebook e Instagram), notas periodísticas (Nación, Clarín, Infobae, entre otras) y programas televisivos que aluden a la serie, creada por Molly Smith Metzler, quien ha adaptado el bestseller Maid de Stephanie Land al formato de una miniserie de diez episodios. La misma se ha convertido en tendencia entre las de su estilo y dentro de una de las plataformas en línea más consumidas a nivel mundial. 

El título de la serie se tradujo al castellano como “Las cosas por limpiar”, y narra las vicisitudes de una madre soltera que, tras abandonar una relación abusiva generada en la convivencia con su marido violento, lucha por la custodia de su hija de dos años, al mismo tiempo que (se) procura un sustento económico (para ambas) como empleada doméstica por hora, recibiendo a cambio un poco menos del salario mínimo en Estados Unidos (USD 9/hora). 

Con el mínimo de apoyo estatal y familiar -como, por ejemplo, la posibilidad de habitar un albergue administrado por el gobierno estadounidense para dar protección a las mujeres madres en situación de violencia doméstica- Alex (la protagonista de la serie) va forjando un camino de autosuperación personal y laboral, entre soportes inestables provistos por encuentros fortuitos de personas que le ofrecen una mano para salir adelante. 

La herramienta que le permite a Alex trascender una situación de extrema pobreza, según muestra el guión de la serie, es su educación. Con cierto dominio de las matemáticas y de algunos de los dispositivos de ayuda estatales (solicitud de vivienda) y académicos (solicitud de beca y préstamos estudiantiles para ingresar en la universidad) que se ponen a disposición de las usuarias, además de una particular inclinación por la práctica de la escritura, Alex pone toda su inteligencia, ingenio y creatividad al servicio de un deseo: construir un porvenir estable, en lo económico y en lo afectivo, para su hija. 

El camino de Alex no es linealmente en ascenso. Ella sufre recaídas y regresa a la oscuridad de una relación de la que alguna vez pudo librarse. Logra escapar, por segunda vez, gracias al apoyo económico y a la orientación de una abogada rica que solicitó sus servicios, quien, a su vez, le presenta a una colega que la asesora jurídicamente para solicitar la custodia plena de su hija. 

Alex finalmente logra ingresar a la universidad y dejar la ciudad donde creció, ya que obtiene una beca para estudiar en una universidad de Missoula. Además, logra también el sueño de una vivienda propia, ya que le aprueban varios programas de ayuda financiera, después de haber estudiado, completado y presentado cada formulario meticulosamente. Se trata de préstamos, según cuenta en el último episodio de la primera temporada de la serie, que irá pagando mientras cursa sus estudios con su trabajo como empleada de limpieza. 

En línea con la narrativa de producciones audiovisuales como En Busca de la Felicidad, Madam C.J. Walker. Una mujer hecha a sí misma y The Help (Criadas y Señoras, en castellano), Maid -que se basa en la historia de vida real de la autora del bestseller– prefigura a su protagonista como una mujer resiliente, en el sentido de que se muestra capaz de enfrentar una situación traumática, sobreponerse, y hacer de ella una oportunidad para trascender su situación de pobreza económica, crecer, desarrollarse y ofrecer a su hija una vida con cierta estabilidad económica y afectiva.

Según quienes la asistieron -y lo enunciaron en sus redes- la historia rinde tributo a las mamás luchonas, en el sentido originario del término en Méjico, es decir, las madres de corta edad y bajos recursos que crían solas a sus hijxs, sorteando todo tipo de adversidades. Algunas de las que comentaron se reflejaron en la historia del personaje y muchas otras expresaron: ..me sentí tan identificada Otrxs en la historia de vida de Alex reconocieron la lucha de mujeres amigas, conocidas y no tan conocidas. 

El punto de atracción de la serie es precisamente haber puesto en una superficie espectacular la historia común de miles, sino millones, de mujeres madres en el mundo que luchan por un final feliz para sí y para sus hijxs. Especialmente, si consideramos, que a partir de la emergencia de la pandemia COVID 19, más de un 30% de las mujeres pobres, en Latinoamérica y el Caribe, no participan en el mercado laboral por razones familiares. 

Por otro lado, encontramos quienes rescataron, en sus comentarios, al personaje de Denise -la mujer que recibe a Alex en el refugio para mujeres que se encuentran atrapadas en relaciones de violencia de género- en tanto que mujeres como ella son ángeles que hacen de este mundo un lugar mejor. El refugio prefigura, por lo tanto, un espacio donde se traman redes de cuidado y de sostén, al mismo tiempo que  se gestan colectivamente plataformas de despegue para enfrentar el mundo que las espera allá afuera, tras las paredes protectoras de ese nuevo hogar temporal. Se trata, entonces, de un espacio que emerge como “posible”, según cuenta la autora, gracias al trabajo en red de y entre mujeres, y con los recursos del Estado.

Volviendo con el mantra feminista con el que comenzamos este escrito, y a la luz de la historia narrada, nos preguntamos: ¿hace la diferencia el deseo o no de Alex respecto a su maternidad? En otras palabras: ¿puede el deseo de querer ser madre evitar las violencias posteriores, agravadas más, si cabe, por cuanto no es ella la única víctima sino su propia hija, a quien todxs, como adultxs, deberíamos cuidar y proteger? En lo fáctico, Alex devino madre de Maddy, su hija y, en ese sentido, poco parece importar dónde está el deseo cuando la supervivencia y la vida digna de un ser más vulnerable depende de que unx adultx, una red comunitaria y unas instituciones se la garanticen. En las narrativas de la autosuperación y la resiliencia, la responsabilidad de esa vida -en tanto se concibe como sujeto que no es capaz de hacerse cargo de sí- recae en la familia, y si la familia fracasa en la labor del sostén material y afectivo de ésx bebé, queda, entonces, en la madre o padre responder por la supervivencia y educación de su hijx. Solo al final de la cadena de responsabilidades aparece el Estado, en su faz condenatoria de los sujetos definidos jurídicamente como responsables; y también fracasa en la provisión del hogar y el afecto que unx bebé, sin soporte familiar, necesita para desarrollarse plenamente. 

Para ir concluyendo, creemos que series como éstas, cuya circulación masiva favorecen la interiorización y reproducción de algunas creencias asociadas a expresiones como las de empoderamiento, autosuperación y resiliencia, impactan en la reconfiguración de estas “subjetividades maternas emprendedoras” a las que aludíamos al inicio de esta nota. Por medio de un estudio de campo incipiente, hemos podido observar cómo muchas de ellas esbozan y ponen a circular narrativas y prácticas en las que se traza una nueva ética de la gestión (de sí) aplicada tanto a su nuevo rol materno –pues, mientras lx bebé esté sanx, lo demás no importa nada-, como a su nueva fuente de ingresos. 

La consecuencia es que muchos de sus discursos -salvo interesantes y fundamentales excepciones– terminan desplazando una genuina demanda hacia la falta real de políticas públicas que permitan, o bien una revalorización eficaz de las tareas del cuidado –otorgando licencias de maternidad con goce de sueldo por más de los tres y seis meses que actualmente otorgan nación y la provincia de Córdoba, respectivamente-, o bien una implementación igualmente real y eficiente de las tareas de cuidado en el marco de la esfera laboral –creando lactarios o espacios de cuidado seguros y respetuosos en los lugares de trabajo. La omisión, intencional o no, en estas narrativas emprendedoras, de los factores estructurales que (re)producen desigualdad e inequidad, pueden generar la perpetuación y el afianzamiento de las relaciones asimétricas que atraviesan cotidianamente a la población que materna en los actuales contextos de progresiva precarización neoliberal.

En este marco, queremos resaltar la importancia de que un mantra como el que aquí nombramos, “La maternidad será deseada o no será”, funcione como un potente disparador para  ampliar la discusión hacia los cuidados comunitarios y las cuestiones de crianza como asuntos colectivos, que incluyan acciones concretas por parte del Estado. Caso contrario, corre el riesgo de ser metabolizado por el halo de un ego-liberalismoen términos de Virginia Cano– que forcluye, sino expresamente excluye, la figura de la corresponsabilidad (no solo parental y familiar, también social y política). Reconocer estas falencias sistémicas, políticas y estructurales podría aportar otra visión a algunas luchas feministas en relación a los malestares que algunas mujeres madres padecen. 

Las tensiones a las que deben hacer frente los feminismos en la actualidad son muchas y diversas. De acuerdo a Vincent Medina, gran parte de las mismas surgen a raíz de la torsión que provoca el neoliberalismo en dicho movimiento. Aquí quisimos atender a una en particular: mientras los movimientos feministas procuran y luchan por la igualdad de género en distintos escenarios culturales y políticos, a la par que la efervescencia feminista se populariza en la trama social y mediática, quienes estudiamos estos virajes discursivos y reconceptualizaciones que imprime la racionalidad neoliberal, en su faceta terapeútico-managerial, llamamos la atención sobre la sofisticación y sutileza con que éstos pueden deglutir la impronta eminentemente contestataria de estos movimientos. Es pues, en ese contexto de luchas, que proponemos entender las prácticas de cuidado como una demanda política estratégica, en tanto se configura, desde su eticidad, y sistema de valores, como un conjunto de acciones que poseen la capacidad de subvertir, y torcer, potencialmente, las tramas dominantes del capitalismo patriarcal y neoliberal actual. 

*Escrito por Dra. Núria Calafell Sala (CIECS, CONICET y UNC, UCC) y Dra. María Inés Landa (CIECS, CONICET y UNC, UCC). 

*Este material se ha elaborado en el marco del proyecto «El emprendedurismo en mujeres como herramienta para afrontar la desigualdad de género en el mercado laboral local», que ha recibido financiación de la Secretaría de Proyección y Responsabilidad Social Universitaria (RSU) 2020-2021 de la Universidad Católica de Córdoba, coordinado por la Dra. María Inés Landa y el Dr. Hugo Rabbia.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.